Volumen corporal, ¿moda o paraíso?

Foto: Sr. Pacman
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Dayana era hija única. Fue siempre una niña mimada por sus padres, recibió mucho amor de ellos pero también el consentimiento para hacer con su vida lo que ella deseara. Si Dayana pedía “pajaritos volando”, pues sus padres no descansaban hasta conseguírselos.

Y en ese ambiente de complacencias creció. Acostumbrada a tener todo cuanto quería. En su infancia su mamá era directora del cárnico y, como es de suponer, en la casa no faltaba de nada, eso hacía más fácil que Dayana pudiera satisfacer sus caprichos.

Pero pasaron los años y a la madre no le fue tan bien en la empresa. La sacaron de su cargo y la pasaron a la oficina de Recursos Humanos. Eso supuso un cambio en la economía hogareña, el cual Dayana nunca entendió.

Sus gustos iban siendo cada vez más exigentes. Primero el celular de última generación, después una motorina para ir a la escuela, hasta llegar al día en que sentó a sus padres en la esquina de su cama para decirle que había tomado la decisión de operarse las nalgas.

Acto seguido todo quedó en silencio. Esa noticia jamás habrían querido recibirla pero para Dayana era más que importante ponerse un par de implantes, para empezar, porque luego quería seguir transformando su cuerpo a fuerza de bisturí.

Pero como de costumbre, y a pesar de los miedos, los padres accedieron a la petición de su hija adolescente. Ahí comenzaron los días de consultas y la preparación para el procedimiento médico que ocurrió un mes después, de manos de un galeno amigo de la familia que lo hacía por unos 600 CUC en una sala de un hospital camagüeyano.

Todo “parecía” estar bien. Ya Dayana tenía menos grasa en su abdomen y más justo en el lugar en el que terminaba su espalda, tal y como ella lo había soñado, pero el contra eran los insoportables dolores que sentía. El doctor fue a verla varias veces a su casa e insistía en que esos dolores eran normales, pero la vida de Dayana se estaba escurriendo muy rápido.

Murió, una mañana de mayo, y se llevó toda la felicidad de sus padres. Lo que para ella era tan importante terminó cobrándole con su vida. “Sin nalgas no hay paraíso”, decía, pero con ellas tampoco.

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