Salir de Cuba sin perrito chino (III)

Foto: lezumbalaberenjena
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Después de despedirse de sus padres, a medias -porque no sabía cómo funcionaban las rutinas aeroportuarias- entró a la sala de espera, en la que aguardaría el momento de subirse al avión para dejar detrás demasiadas cosas. Se quedaba su familia toda, sus padres adorados, sus amigos, sus logros, los sueños que ya estaban a punto de hacerse realidad y el espacio en el que nació, creció y se hizo mujer.

Estuvo en esa sala durante 3 horas aproximadamente, tiempo que dedicó a conversar con una señora que fue su mejor compañera mientras duró el viaje. Ella la hizo sentir tranquila, la relajó con chistes muy cubanos y le dio consejos para que su llegada al nuevo país fuera menos traumática y más feliz.

Así fueron pasando los minutos, entre nervios y expectativas, entre algunas lagrimitas escurridizas que se escondían para que nadie supiera que estaba llorando tan pronto. Se entretuvo viendo la película “sombras de Grey” y cuando menos lo sospechó, la aeromoza anunció que estaban llegando a Quito, Ecuador.

Las piernas le temblaban, las manos también, sudaba, a pesar del frío de la ciudad, pero no podía pensar en nada más que en reencuentro, en ese momento en el que ella y su esposo por fin volverían a besarse y abrazarse.  Y ese instante, no se hizo esperar, en cuanto volvieron a mirarse a los ojos corrieron las lágrimas, se apretaron fuerte y parecía que jamás se separarían de nuevo.  Fue maravilloso que ambos volvieran a tenerse el uno al otro.

De ese rincón cálido-frío lleno de aviones y de emociones, se marcharon a un cuartico pequeño que se convertiría en su nido de amor en lo adelante, ayer fueron felices, allí comenzó una nueva etapa en la realidad de ambos, en la que lucharían para que su vida fuera mejor y para que nadie ni nada los separara jamás. Para que esa unión que había sido tan premeditada fuera eterna.

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