Rincones cubanos en Guatemala

Foto: d1e9o123's Bucket/photobucket.com
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José Martí residió entre el 26 de marzo de 1877 y el 27 de junio de 1878 en Guatemala, nación centroamericana donde se destacó como docente y orador.

Como la huella que dejara nuestro apóstol en esta tierra nunca desapareció hoy una estatua de tres metros de altura del prócer cubano se puede apreciar en una las  principales calles de la capital guatemalteca, la avenida Las Américas.

Pero antes de esta estatua, en Guatemala el Busto a José Martí custodiaba la entrada de la Avenida Independencia, en el Norte de la ciudad. Busto que le ha dado el nombre a la “Calle Martí”, una de las arterias más importantes.

Por su parte la escultura se realizó como homenaje a los 160 años de  su natalicio y fue diseñada por los artistas cubanos Andrés y Luis González, los cuales emplearon una técnica de ferro cemento, que consiste en recubrir con cemento y polvo de piedra una armazón de barras de hierro y alambre que le brinda la estructura y fuerza para mantenerla de pie.

La plaza jardín que rodea la efigie lleva el nombre de José Martí. En el sitio también hay  estatuas en homenaje a Simón Bolívar y Juan Pablo II, entre otras personalidades de relevancia mundial.

El pedestal que sostiene la estatua mide más de seis metros  y fue construido en 1973 por el guatemalteco Efraín Recinos, ya fallecido. El mismo fue diseñado originalmente para sostener una estatua ecuestre del expresidente guatemalteco Justo Rufino Barrios.

En el sitio también se puede apreciar una tarja que tiene grabado uno de los versos del célebre poema La Niña de Guatemala, en el cual Martí inmortaliza a María García Granados.

Rincones cubanos en Guatemala
Foto: d1e9o123’s Bucket/photobucket.com

“Quiero, a la sombra de un ala,/ contar este cuento en flor:/ la niña de Guatemala,/ la que se murió de amor./ Eran de lirios los ramos,/ y las orlas de reseda/ y de jazmín: la enterramos/ en una caja de seda./ Ella dio al desmemoriado/ una almohadilla de olor;/ él volvió, volvió casado:/ ella se murió de amor./ Iban cargándola en andas/ obispos y embajadores;/ detrás iba el pueblo en tandas,/ todo cargado de flores./ Ella, por volverlo a ver,/ salió a verlo al mirador;/ él volvió con su mujer:/ ella se murió de amor./ Como de bronce candente/ al beso de despedida/ era su frente, ¡la frente/ que más he amado en mi vida!/ Se entró de tarde en el río,/ la sacó muerta el doctor;/ dicen que murió de frío:/ yo sé que murió de amor…”

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