Mi marido me convirtió en artista: la historia de Emelina

Kimberly Shavender / Shutterstock, Inc.
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Emelina y Ramón eran una pareja feliz, llevaban juntos toda la vida. 45 años de matrimonio en los que habían superado las verdes y las maduras, como decimos en Cuba, pero siempre juntos.

Nuca tuvieron mucho lujo. Desde que se conocieron en uno de los guateques dominicales de Palma Soriano, se dieron cuenta de que estaban hechos el uno para el otro.

Como era de esperar en aquellos tiempos, pasó un año entre tímidas mirada y saludos insinuantes. Un buen día Ramón abordó a la chica de 14 años con flores y esta que ya le había echado el ojo, cayó rendida de amor.

Estuvieron mucho tiempo escondidos pues temían que los separan, pero el amor trascendió para siempre hasta convertirse en inmortal.

Se casaron, tuvieron hijos en la casita de guano que el muchacho construyó. Trabajaron juntos por el futuro. Los hijos se fueron cada cual a hacer su vida, en tanto Emelina y Ramón continuaba juntos como a los 14 años.

Pero los años no pasan por gusto como reza el dicho popular y Ramón comenzó a sentirse cansado. Luego descubriría que su corazón estaba débil y no aguantaría mucho.

Su mujer lo mimó como un niño. Ya no podía trabajar en el campo como otrora hacía, así que dedicó su tiempo a una pasión que los estereotipos y la propia vida del campo le habían impedido exteriorizar: la pintura.

Por años pintó cuadros donde expresaba su tristeza, la belleza de los paisajes campestres y claro la particular hermosura de las arrugas en el rostro de su esposa.

El bohío parecía una galería improvisada de obras únicas y llenas de sentimiento. Un día la mano dejó de pintar. Solo se podía ver la silla vacía con el sombrero que usaba siempre Ramón. Emelina no supo lidiar con la pérdida más que pintando, haciendo realidad aquella pasión que su esposo había tardado tanto en mostrar.

Sorprendentemente solo mirando había aprendido a plasmar figuras en un lienzo. Sin pensarlo dos veces se inspiró en la última foto que de Ramón tomaran y puso cada rasgo exacto, cada sentimiento en un cuadro que terminó siendo el principal en la colección de obras de su marido. Y aunque el cuadro solo refleja la imagen del hombre que amó toda la vida, su nombre era “Ramón y Emelina”.

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