La historia de Juan Candela y la Titimanía

Foto: lezumbalaberenjena
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Dos pasiones tenía Juan Candela, el amor a la tierra y a las muchachas jóvenes, conocidas en Cuba como “pepillas”, “mangos” o “titis”.

Vivía en medio del campo, donde atendía un rebaño de reses y otros animales. Madrugaba para ordeñar y se pasaba el día al pie del surco. Era un hombre recto y no le gustaba la bebida.

Pese a que era felizmente casado, con un hijo y buena posición económica, los fines de semana se escapaba varias horas con una jovencita. Para justificarse con sus amigos, decía que prefería comer pollo entre dos que aura él solo.

Su historia nos recuerda aquella popular canción de Los Van Van que introdujo en la Isla, más bien conceptualizó, el fenómeno de la “titimanía”, una especie de afecto desordenado de hombres ya maduros por mujeres jóvenes.

De hecho, una estrofa de esta canción, escrita por otro Juan (Formell) parece venirle como anillo al dedo al campesino:

“Pero se puso fatal
Esa mañana se iba a encontrar
Con alguien que lo iba a salar
El pobre!”

Y así fue. El frágil Juan, en medio de tanta infidelidad dominguera, se enamoró de una mujer a la que le doblaba la edad y dejó todo por ella: matrimonio, familia y tranquilidad.

Le compró un chalet en medio del monte, la colmó de regalos, comodidades y tuvo descendencia con ella. Las vecinas decían que aquellos dos muchachos eran copia fiel de su padre.

Pero con el tiempo a la mujer no le bastaron el dinero y las prendas. Su esposo tuvo que esforzarse para que ella fuese una hembra feliz. Las pastillas de viagra no fueron suficientes y un día llegó el momento de la verdad.

Ya Juan Candela no atizaba el fuego de su concubina, quien escuchaba frases del refranero popular: “es mejor dar compota que fricciones”. Entonces tuvo un desliz con otro hombre y, con el tiempo, abandonó a Juan que a estas alturas estaba locamente enamorado.

De no ser porque padecía titimanía crónica y no se reponía de aquella traición, Juan hubiese regresado con su primera esposa, pero optó por la peor opción: pegarse una soga al cuello.

El día que lo velaron, sus amigos recordaron al guajiro afable que prefirió, como él mismo dijo en vida, “morir entre los tarros de una novilla que en las patas de una vaca vieja.”

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