Mi «infancia especial» en Cuba

Foto: marcin jucha / Shutterstock.com
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Cuando yo nací, Cuba era muy distinta a la que es hoy. Aunque ni siquiera logro recordar mucho pues mi memoria está más marcada por la oscuridad de los apagones o alumbrones, como prefieras llamarle tú.

apagón en Cuba
Foto: Jason Samson

Me vienen a la mente algunos destellos de unos potecitos plásticos blancos, rectangulares y alargados que mi mamá llenaba de un desodorante que inventaba junto a sus colegas del laboratorio de química de un central que, por aquellos días, era la edificación más impresionante que yo había visto.

Recuerdo también, así casi de chiripazo, los jabones que usábamos en mi casa (también los hacían mi mami y las muchachitas del “inventorio” del que les hablé). Parece que en los 90 eso de la ANIR (Asociación Nacional de Innovadores y Racionalizadores) no tenía mucha fama, porque mi madre y sus compañeras se merecían un premio y jamás lo recibieron, tal vez fuera culpa del fatalismo geográfico o, quién sabe, no alcanzaba el papel para reconocer a tanta gente que a diario inventaba en Cuba.

Conservo algunas reminiscencias de los panquecitos que hacían mis padres, con azúcar y bicarbonato del mismo ingenio azucarero que me deslumbraba, el molde eran las laticas de compota que sobrevivieron a los años felices de amistad con Rusia. Los vendían baratos y, de vez en cuando, también preparaban la famosa bebida oriental llamada prú. Esta les dio de comer hasta el día en que yo, desde mi inocencia, le dije a una cederista destacada y revolucionaria, lo que hacían en mi casa. La suerte que mis progenitores tenían una “conducta intachable” porque si no el trauma mío hubiera sido mayor.

Mi hermano no tuvo muy mala suerte con eso de los juguetes, pues a él si le dio tiempo a conocer el básico, el no básico y el dirigido (en los años 90 se repartían juguetes por medio de una libreta, similar a la de la cuota). Pero cuando esta cristiana llegó a Majibacoa (al mundo debe decirse, pero ese era el mío) ya no quedaban ni rastros de los rusoskis y me tocó jugar con algunas cuquitas que aparecían en la revista Mujeres.

En fin, esa fue mi infancia especial, como el período. Fue también la de muchos niños cubanos que, a pesar de las carencias, terminaron haciendo un baile de neuronas para empujar a la creatividad. Años duros los que vivimos, pero ni siquiera ellos lograron quitarme a mí -y a otros tantos- ese orgullo de ser cubana y feliz solo con unas muñecas recortables.

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3 Comments
  1. Nestor Ramirez via Facebook says

    Esa etapas..eran Bellas..si pudiéramos virar atras el TIEMPO.Seriamos más Felices…

  2. Cubanos Gurú via Facebook says

    Tienes razón Nestor Ramirez

  3. [email protected] tunero says

    recuerda tambien los dias completos en el CAI cuando nos pasabamos la jornada correteando en el comedor

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