“Mi familia cree que tengo un negocio”: la historia Yoenki

Foto: lazyllama/shutterstock.com
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“Yo nací pobre, pero tengo que cambiar mi situación”, se decía Yoenki constantemente.  Se crió en Guanabacoa, en la capital cubana y vivir su niñez en un barrio de ambiente lo marcó para toda la vida.

Sus padres tampoco aportaron mucho, eran un par de borrachos que, luego dejaron el vicio para ponerse en juegos e inventos ilegales. Su único apoyo era Zoraida, la abuela, que se encargaba de él como podía, y con lo poco que le pagaba la seguridad social.

Un buen día Pito, el cabecilla del barrio, reunió al piquete de confianza para preguntar quién lo seguía en la idea de construir una balsa e irse para “el yuma” ilegalmente. Yoenki no lo dudó y apoyó el proyecto. Se pasaron como un mes en los preparativos hasta tener todo listo.

Fue un sábado, cuando salieron de madrugada en la peligrosa travesía. Pasaron de todo, hambre, sed, quemaduras de sol y peligros inimaginables, pero llegaron los 10 sanos y salvos a costa estadounidense.

Lloraron, se abrazaron, gritaron, cumplieron el sueño de todos. A partir de ahí cada cual continuó camino solo, en casa de familiares o amigos, pero Yoenki no tenía a nadie. Se refugió en una iglesia y de ahí lo ayudaron a instalarse y conseguir trabajo.

Comenzó una cafetería haciendo de todo. A veces de limpieza, otras de mantenimiento, pintaba, fregaba platos y hasta hizo de dependendiente. Pero fue ahí donde le salió el barrio y el ambiente. No tenía paciencia para tratar con los clientes, terminó por tener problemas y lo despidieron.

No tardó en aparecer un negocio que daba dinero y no llevaba tanto trabajo, pero claro, sin estudios ni preparación, no podía ser nada legal. Comenzó en el tema de clonar tarjetas con unos “colegas” de La Habana y obtener grandes cantidades de dinero.

Fue a Cuba especulando al máximo, compró casa nueva y puso bien a su abuela y los padres. Se gastó miles en fiestas y mujeres; todos pensaban que tenía un restaurante y le iba bien. Esa era la historia que ponía en correos y llamadas, pero no duro mucho.

En una de esas lo apresaron, perdió el carro del año, la casa la joyas, el dinero…la libertad. La historia que el mismo se había creído se derrumbó, y terminó por matar de tristeza a su abuela. Desde entonces vivió siempre con el dolor que causó para él y para muchos, el acto de aparentar y mentir, sólo para encajar.

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