Estampas universitarias en Cuba: el “somatón”

Foto: Fresnel/shutterstock.com
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Al edificio “900” todo el mundo le conocía por el “1800”. Y la explicación es muy sencilla y matemática: casi todos sus inquilinos vivían con sus parejas, en una clara referencia a la libertad o el libertinaje que se vive en una residencia estudiantil.

Pero así era. Los padres estaban bien alejados de esa realidad y los docentes o directivos hacían de la vista gorda ante aquellas escenas de concubinato escolar, proclives a la infidelidad, los embarazos no deseados, cambios frecuentes de pareja y la gozadera interfacultades.

De aquí surgió una variante de entretenimiento que, de analizarse a fondo, tenía diversos matices, que van desde el exhibicionismo, el voyeurismo, algún tipo de filia y hasta una morbosidad bien calculada.

Había una habitación con pequeños orificios en las paredes, cuarto que hacía esquina en una de las áreas del “1800” y que los huéspedes llamaban cariñosamente “el somatón”, abierto al público en horarios insospechados.

En Cuba la palabra “somatón” tiene diversos significados, el más común es la Tomografía Axial Computarizada (TAC), una prueba diagnóstica que, a través del uso de rayos X, permite obtener imágenes radiográficas del interior del organismo en forma de cortes trasversales o, si es necesario, en forma de imágenes tridimensionales.

¡Y algo de tridimensional sí que tenía esta versión escolar! todo consistía en que uno de los varones traía a una hermosa doncella (alumna-educanda) para consumar el acto amatorio y, previo aviso, los socios de la beca organizaban un encuentro festivo, dejaban de asistir al salón de clases o trataban de coordinar un horario conveniente para todos.

Entonces, mientras uno se enfrascaba en desvestir a la joven y complacerla, cerciorándose de que sus compañeros tuviesen la mejor vista y no precisamente de sus glúteos (los de él), otros se aplatanaban cerca de los huracos y comenzaba el festín audiovisual.

El somatón cumplía su objetivo y cada semana, de día o de noche, los asistentes se iban rotando y pescaban a muchachitas indefensas, novatas y primeañeras que no tenían idea de lo que acontecía puertas afuera de aquella alcoba improvisada.

Al somatón solo tenía acceso un círculo reducido de personas, una especie de “club secreto” donde militaban varones y mujeres que disfrutaban observar a terceros por entre las hendijas. La discreción era imprescindible y para aceptar nuevos miembros había que apelar a un “comité de expertos”.

Todo esto transcurría a la par del proceso docente educativo. A kilómetros de distancia, los padres de estas criaturas estarían muy orgullosos del “niño” o la “niña” que estarían rompiéndose la cabeza y estudiando todas las materias para tener una carrera y ser el orgullo de la familia.

Solo que hay muchas cosas que suceden en una residencia estudiantil y nadie tiene ni la menor idea de cuán creativos son los muchachos de hoy día.

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