Enrique Jesús, el Robinson Crusoe cubano

Foto: SJ Travel Photo and Video/shutterstock.com
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De pequeño conocí a Robinson Crusoe gracias a un proyector ruso de películas. Era un personaje cautivante, como lo fueron Simbad el marino, Don Quijote, Gulliver o Elpidio Valdés.

De él se supo que naufragó en una isla, que tuvo que construir una fortaleza para sobrevivir a los salvajes y protegerse del frío, que gestionó el sustento diario cultivando la tierra y ordeñando cabras, o que se vistió con piel de animales.

Poco después supe que el amigo de Viernes fue creado a partir de un personaje real, un marinero escocés nombrado Alejandro Selkirk que permaneció en una isla cercana a Chile durante más de 4 años. A partir de esta historia, el escritor Daniel Dafoe concibió su personaje.

Lo que no sabía es que hubo un Robinson Crusoe cubano.

Se llamaba Enrique Jesús Rodríguez Pérez, y según entendidos fue un mambí que vivió escondido por tres décadas en algún sitio de la provincia Sancti Spiritus, traumado por la guerra de independencia contra los españoles.

La locación exacta es imprecisa, pero se dice que fueron las montañas de Mayajigua, en Yaguajay, donde estuvo refugiado sin hacer contacto con alguien de su especie.

Como el héroe de Dafoe, Enrique Jesús, sobrevivió a base de hierbas y frutas, además de animales que cazó en esos parajes. Todo iba muy “bien” hasta que cayó en una hondonada del terreno y se fracturó una pierna, lo que le provocó inmovilidad.

Fue entonces que, debatiéndose entre la vida y la muerte, echó mano a sus zapatos y a la vaina de cuero del machete. Se los comió con paciencia de orfebre, bebió su orina y no tuvo otra forma de moverse que con sus rodillas.

Construyó una choza de yagua y pencas de palma real, a la que hizo rodear de trampas para protegerse de los españoles y de todos los que intentaran acercarse.

Los archivos históricos de la provincia, citados por Cuba Cute, refieren que Enrique fabricó una estructura similar a un almacén, sitio donde guardaba, dentro de güiras secas, la miel o la grasa de los animales que cazaba. Así sobrevivió.

La gente del pueblito empezó a llamarle “El Pelú de Mayajigua”, pues cierta vez dos mujeres lo vieron buscando agua en el río. Era una especie de monstruo peludo que deambulaba por el monte, con una ropa hecha a base de fibra de maguey y otras plantas.

Pero no era ningún monstruo ni presencia del “más allá” y el 4 de junio de 1910, tras mucho esfuerzo de un campesino de la zona, apareció Enrique Jesús todo sucio, maloliente y vestido con tejido de fibras vegetales.

Un hermano suyo, residente en Remedios, acogió al mambí quien no pudo adaptarse a vivir en la civilización y se deprimió de tal manera que quizá hubiese sido preferible dejarle en las montañas de Mayajigua, donde nadie quita que Enrique Jesús pudo ser feliz.

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