Cuba y sus orillas

Foto: neiljs
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Ahora somos muchos en la “otra orilla”. Somos tantos… Están los que nacieron fuera y sus padres insisten en que deben sentirse y saberse siempre cubanos. Están los que adolescentes de sueños y desamores por lo nacional, aguantaron la mano de su madre y escucharon varias veces en el camino su voz intentando convencerlos de que encontrarían nuevos amigos.

Están fuera también los que salieron del vientre universitario y sin llorar, sin que les dieran la nalgada para enfrentar la realidad laboral, guardaron el título en una gaveta o prefirieron dejarlo en la pared de la casa para que quedara el orgullo familiar del “niño graduado”.

Cruzaron el mar también quienes ya maduritos sintieron que los años pasaban y pocas cosas eran distintas, los que postergaban la llegada de un hijo (nunca de varios), los que prometieron a su gente ayudarla y cada vez se les hacía más difícil usando métodos legales de “lucha”.

Se fueron algunos ya con arrugas y canas, iban concentrados en el reencuentro, listos para ver los ojos del nieto, ese que solo las fotos acercaron a su hogar y que al teléfono pocas veces quiso decirles algunas palabras a los abuelos. Se marcharon sabiendo que el cambio sería brusco, tal vez demasiado para sus años, pero se marcharon.

Pero hay una orilla que marca y a ella queremos regresar cuando ya no respiramos. Ese es el deseo de muchos. Que la tierra que nos cubra sea única y exclusivamente la cubana. Que las flores y las lágrimas que derrama la familia en días grises de recuerdo caigan sobre una tumba en Cuba y que, si es posible, la bandera esté en ella.

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