Breves apuntes sobre el “bayú” en Cuba

Foto: jakubtravelphoto/shutterstock.com
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Con el tiempo la palabra “bayú” se utiliza en Cuba para describir una escena de relajo, una algarabía o desorden: “se armó tremendo bayú”, “oye, caballero, dejen ya el bayucito”.

Pero este término significa otra cosa y nuestros padres lo saben bien. Estamos hablando de burdel o prostíbulo.

Dice mi amiga Aly que su bisabuelo vivía muy cerca de un sitio como este y se iba de vez en cuando a pasar unas horas. Era tan sencillo como cruzar la acera. Su bisabuela, acostumbrada a la resignación de las mujeres de antaño, prefería callar y tragar en silencio.

Era una escena típica vivida en muchas familias cubanas y vinculada estrictamente con el sexo masculino: los hombres iban a acostarse con prostitutas y lo que para ellos era diversión y placer (que no encontraban en casa), para ellas era un oficio y una forma de ganarse la vida.

Los prostíbulos en Cuba, aparte del tema sexual, eran espacios de relax con bares, música, seducción y tragos. Cualquier cantante de época o trovador de mala muerte frecuentaba estos espacios para llevarse unos pesos complaciendo peticiones de los invitados o las anfitrionas.

Guillermo del Delmonte, en un artículo publicado en Penúltimos Días y titulado “Acuse de recibo (precisión filológica sobre “jinetera” y “bayú”), nos remite al origen del vocablo:

“Los pantanos, antaño insalubres e inhóspitos, que rodean a New Orleans, era el lugar donde preferentemente se construían los prostíbulos; dichos pantanos se conocen, todavía, con el nombre de bayou. Sabiendo que las primeras prostitutas importadas a Cuba después de constituida la República eran oriundas de esa ciudad de la Louisiana, comprenderemos la razón por la que en Cuba se conocían los burdeles con el apelativo de bayú o ballú.”

Hoy día no existen estos “sitios de encuentro” en la Isla, aunque el fenómeno de la prostitución masculina y femenina es real. Pero lugar establecido para la práctica de este “oficio antiquísimo” no es legal en Cuba.

Se conoce de las posadas, de las casas de rentas y casas de citas, pero todas están asociadas con encuentros fortuitos y extramatrimoniales, “tarro” en buen cubano. No hay catálogo de mujeres para escoger ni cosa que se parezca a los ballú de antaño, como pudiera suceder en otros países del mundo, donde esto es tan normal, en plan “trabajo por cuenta propia.”

Las nuevas generaciones, donde se incluye mi amiga Aly, tienen un recuerdo vago de esa realidad y solo vinculan la palabra a desorden, despilfarro, derroche y relajo.

Pero Aly ya sabe y se persigna. Ya hace tiempo le contaron que esta realidad estuvo aderezada con lujuria, fornicación, dinero y lágrimas de algunas esposas que, como hembras en la cama, dejaban mucho que desear.

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