“Mi abuela ya habla por imo”: la historia de Daimé

Foto: DayOwl / Shutterstock.com
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Daimé tiene 19 años, y vive en Santiago de Cuba con su abuela Dignora. Su madre emigró a Canadá con el esposo en 2012, y en cuatro años no ha viajado a la Isla.

Siempre fueron una familia humilde. La más anciana de la familia había hecho de madre y padre para todos, era como el símbolo de la sobrevivencia y el amor.

La madre de Daimé era una gran profesional, pero igual el salario no daba para mucho. Conoció a Glenn en una conferencia internacional de periodismo y allí se enamoraron. Pasaron 3 años antes de que esta se fuera definitivamente a Canadá con su esposo y la lejanía se convirtiera en un látigo silencioso para la familia entera. Sí, eran humildes pero en materia afectiva lo tenía todo.

Como siempre, la añoranza no falta y los deseos de ver al ser querido acrecientan con el paso del tiempo. Claro, las nuevas tecnologías facilitan mucho la comunicación, pero cuando se tiene 74 años como en el caso de Dignora, ya no se hace tan fácil.

Los celulares táctiles se le hacían complicados, así como las aplicaciones y todo el tema tecnológico, pero la vieja no se iba dejar vencer por una nimiedad así, más cosas había superado. Por eso se apoyó en Daimé, la nieta más cercana, que quedó a su cargo con la partida de la hija.

-“¿Mija, qué es el imo ese? Dice Emelina que es buenísimo, desde aquí conoció a los bisnietos españoles y pudo ver de cerca la casa donde viven y todo”- preguntó Dignora.

La interrogante fue la puerta abierta a un mundo nuevo. En unos días aprendió a manejar el celular, claro, con más calma que la juventud, pero ya sabía de correo nauta y videollamadas. Por lo menos no dependía de Daimé para la comunicación.

Hasta que llegó el esperado día de volver a ver su hija. Acompañada de su nieta iniciaron la llamada. Quiso hablar ella primero. Entre lágrimas y risas recuperó la imagen su hija. Ahora era otra en el físico, mucho más delgada, con vestimenta distinta, pero el mismo corazón. Hablaron mucho, aunque a veces se congelaba la imagen y dejaba de observar el rostro aun joven de su hija, pero fue la mejor experiencia del mundo. Una muestra de que cuando se quiere, se puede.

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