Nostalgias de un niño cubano: mi proyector ruso

Foto: http://cubamaterial.com/
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Quizá uno de los “juguetes” que más disfruté de mi infancia es un proyector soviético que, si mal no recuerdo, me costó 12 pesos y fue el que enriqueció mi  mundo audiovisual.

Lo compré en una bodega y solo había dos “películas” para ver: el segundo capítulo de “Don Quijote de la Mancha” y el cuarto de “El caballito jorobadito”. De este último jamás olvido sus textos rimados y puedo citar de memoria buena parte de la historia:

En una lejana tierra
tras los bosques y la sierra
del otro lado del mar
tenía un mozo su hogar.
Eran sus únicos dones
tres hijos, los tres varones
el mayor listo, sesudo
el mediano cahazudo
y el menor un pasmarote
un tonto de capirote.

Pero permíteme ubicarte en contexto. El llamado proyector de vistas fijas pesaba muchísimo, tenía un bombillo de 12 volts que recalentaba su estructura metálica y no disponía de ventilador.

Los filmes que se mostraban venían en unos potecitos plásticos redondos de 35 mm que se introducían por un rodillo y con una pequeña manivela se movía la imagen que venía acompañada de subtítulos.

peliculita
Foto: http://cubamaterial.com/

En mi caso llegué a tener alrededor de 50 películas. Luego de Don Quijote y el Caballito Jorobadito pude hacerme de títulos como “Simbad el marino”, “Robinson Crusoe”, “Chipolino”, “Elpidio Valdés” y “Gulliver” que era mi favorito, ya fuera en el país de los enanos o en el de los gigantes.

Las historias, en la mayoría de las ocasiones, las vi con mi hermano, con los vecinitos y vecinitas de entonces. Poníamos una sábana blanca en casa y alguien se encargaba de la lectura de los textos en voz alta.

A veces nos disparábamos tres o cuatro historietas seguidas. En aquel momento no había conciencia de ahorro energético ni nada parecido. La Unión Soviética nos daba petróleo y nosotros le regalábamos azúcar.

Un día, por eso que llaman “cosas de muchachos”, y luego de haber visto varias veces a todos los “rollitos” que tenía a mi alcance, decidí vender el proyector a un amigo del barrio, además de un nylon anexo con todas las “peliculitas” dentro.

Fue, sin dudarlo, uno de los errores de mi infancia-adolescencia. Carlos René, un compañero de aula, me dijo que aquel artefacto podía servir para mostrarlo a mis hijos y entonces caí en la cuenta del detalle, pero fue demasiado tarde.

Hoy día, entre ordenador personal, teléfono móvil, livestream, tablet, 3D y Iphone, no es muy necesario ¡ni atractivo! este tipo de aparato para cualquier niño de la era moderna.

Pero yo, allá en el fondo, rememoro los días de fotogramas fijos con luces apagadas y paredes o telas blancas a modo de pantalla.

Mi proyector ruso fue, sin dudarlo, un complemento de las historias, los cuentos infantiles y los libros de texto, un aliado de mis padres y sustituto de maestras, un valioso pasatiempo de mi infancia.

A veces, cuando menos lo imagino, extraño aquel pedazo de metal, con su lente, su bombillo amarilloso, su fiebre crónica y su cartelito que decía “hecho en la URSS”.

Entonces pongo Youtube y se me pasa.

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2 Comments
  1. Guariunex says

    Jajaja!! Qué recuerdos! Yo vi a Gulliever en el mío. Mi mama había pagado $20 pesos cubanos en aquel entonces por una caja de esa. Se calentaba, incómoda; pero mis amiguitos y yo veíamos nuestros favoritos… nos divertiamos. Y luego hablábamos de los videos al otro día en el recreo en la escuela. 👍

  2. George says

    Yo tambièn tuve infancia. Y fue precisamente mi proyector, como el tuyo, lo que màs quedò en mis recuerdos màs hermosos. Todos en mi cuarto, mis padres y mi hermano, la luz apagada y mi padre que hacia correr el rollito, mientras mi madre leia los textos, y tenìa que decirle a mi padre que esperara un poco antes de mover el rollito al fotograma siguiente, porque querìa disfrutar un poco de aquellas imàges. No sè cuàntos rollitos tuviste, pero yo tuve montones. El que màas me gustaba era «El Mundo perdido», pero màas que gustarme, me enamorè de uno en particular no lo he encontrado nunca màs, ni en Internet, porque no es ni de los hermanos Grimm, ni de Perrault. Se llamaba entonces en el rollito: «La Florecita Màgica», un viejo cuento alemàn. La historia de muchaco a quien una vieja trasforma en enano narizon con una sopa. El muchacho huye de su ciudad y se hace cocinero con el tiempo en el palacio de un duque, muy lejos. Un dìa comprò unos gansos por orden del duque y uno de los gansos le hablò y le dijo que era una princesa…. En fin, no se si lo tuviste este.

    Ese pasado, nunca màs volerà, y si puediese regresar en el tiempo, te dirìa… que quiero otra vez tener mi proyector ruso. No quiero màs nada.

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