La Macorina, primera mujer chofer y prostituta cubana de alcurnia

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María Constancia Caraza Valdés es el verdadero nombre que se esconde debajo de la mítica leyenda que fue ser «La Macorina». Pero, ¿Quién fue en realidad esta intrépida mujer que manejó por primera vez un auto en Cuba? Y por cierto no cualquier auto, un despampanante descapotable rojo.

María nació en 1892 en el poblado de Guanajay, entonces provincia de Pinar del Río. Como ella misma confesara en entrevistas, escapó a los 15 años de su casa, con un hombre que prometió amarla por siempre.

Como de amor no se vive, la hermosa muchacha pronto se cansó de las cuatro paredes de su cuartucho en La Habana y comenzó a hacerse notar por los hombres más adinerados y poderosos.

No solo se valía de su belleza, además aseguran que tenía una gran personalidad, simpatía sin límites y ojos inolvidables. Su buen vestir y peinado corto atrevido también acaparaban miradas.

Se convirtió en una prostituta de alcurnia llegando a tener cuatro lujosas casas, valiosos caballos, pieles y joyas de gran valor. Además llegó a poseer  nueve automóviles, principalmente europeos, pues eran sus preferidos.

Cuentan que su amor por los autos comenzó con un accidente, al ser atropellada por un importante político. Este incidente la dejó con una leve cojera de por vida, pero le valió su primer automóvil de regalo.

Así fue como se convirtió en la primera mujer en obtener la licencia de conducción y la primera en manejar en Cuba. Como todo en ella era escandaloso, condujo su descapotable rojo por Prado y Malecón, con su bufanda al cuello y fumando un cigarrillo.

Sin embargo, murió en la pobreza y soledad. Después de ser la matrona de un burdel se instaló en una casa de huéspedes y fue perdiendo una a una sus valiosas posesiones. Murió en La Habana en 1977.

Ella misma contó a todos cómo se ganó el sobrenombre por el  que se le reconoce: “En La Habana había una popular cupletista a quien llamaban La Fornarina. Una noche me paseaba por una de las calles más populares de la ciudad (la Acera del Louvre), cuando un borrachín, confundiéndome con ella y pensando que su nombre era Macorina, comenzó a llamarme a grandes voces. La gente celebró el suceso con risotadas y a partir de ese momento me endilgó ese nombre”.

Y como la Macorina se inmortalizó en el lienzo de Cundo Bermúdez, como una muñecona en las Charangas de Bejucal y por supuesto en la música.

La mismísima Chavela Vargas musicalizó un poema que le dedicara el poeta español Alfonso Camín a la bella cubana y hasta hoy también ha llegado el estribillo del atrevido danzón  en su honor que dice: “Ponme la mano aquí Macorina pon, pon Macorina, pon”.         

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