José Enrique: de pepillo a padre

Foto: Zurijeta/shutterstock.com
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José Enrique, un pepillo de Las Tunas, de esos que ahora se llaman metrosexuales, recibió una mañana la noticia de que sería padre y, por supuesto, no la esperaba, ni quería oírla, pero tocó a su puerta y el cubo de agua fría le cayó encima en cuestión de segundos.

Esa noche no pudo dormir, la preocupación por lo que se le avecinaba le quitó el sueño y la tranquilidad. Aunque se trataba de un hijo no esperado José estaba seguro de que tenía que encargarse de él y asumir la paternidad con todas las responsabilidades que eso implica.

Pasaron los primeros meses en los que José Enrique durmió poco. Le costaba mucho trabajo dejar de pensar en su apariencia física, en la moda y el buen vestir pero sabía que debía dedicar sus ahorros a otros fines, que aunque inesperados eran más importantes.

Sus amigos lo cuestionaron. No podían entender cómo se había complicado la vida con un muchacho a esa altura del campeonato. Tampoco creían que José estuviera preparado para el rol de padre, mucho menos para mantener a alguien y dejar de lado las fiestas y la farándula.

La decisión de traerlo al mundo no fue suya, la madre de la criatura dijo que iba a tenerlo aunque él no quisiera. Pero el pepillo tunero poco a poco iba convenciéndose de que también lo deseaba, la idea de ser papá le fue pareciendo cada vez más atractiva y fue sintiendo un afecto especial por el niño que estaba por nacer.

La noche del parto, José Enrique estaba en “La Bolera”, una discoteca que frecuentaba. Cuando su celular vibró, sonaba un tema de la Charanga Habanera y él mostraba sus dotes de casinero. No quería contestar la llamada, pero algo le dijo que debía hacerlo.

Un amigo lo llevó en su carro al hospital. Mientras esperaba por la información de los médicos, sus manos temblaban y las ansias de conocer a su hijo no lo dejaban quedarse tranquilo en un solo lugar.

Y cuando por fin lo tuvo en los brazos, no paró de mirarlo a los ojos y de decirle que desde ese día nunca estaría solo.

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