Cuba: entre añoranzas y miedos

Foto: Yasser Castellanos
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Cuando nos vamos de Cuba, cuando por fin hacemos realidad el sueño de conocer otras tierras, de descubrir cosas nuevas, de vernos en ese sitio en el que nos visualizamos por mucho tiempo, sentimos una mezcla de sensaciones que nos abruman.

Después de vivir todas las experiencias nuevas, de disfrutar de esos lugares que solo imaginamos en sueños, después de gozar del cambio, de lo diferente, de los regalos, de las compras…llegan el gorrión y la nostalgia por todo lo que dejamos atrás.

Entonces comienzan los días tristes que no avizoramos, o en los que preferimos no pensar antes de la partida para que el adiós fuera feliz, para que, quienes nos acompañaron en esos últimos días en Cuba, no sintieran tan pronto la lejanía.

Cualquier recuerdo te saca lágrimas, cualquier conversación. Escuchar las voces de tus padres a través de una llamada telefónica es un reto a la fortaleza espiritual, un desafío a las lágrimas, las que no pueden salir, para que ellos no se preocupen, para que no lloren…también.

Dejas de pensar en ti y empiezas a pensar en todos los que dejaste atrás, en mandarles algo, en ayudarlos, en que se sientan cerca de pesar de la distancia. Te preocupa que te olviden, que tus sobrinos ya no te quieran tanto o que no te reconozcan cuando te vuelvan a ver.

Esa mixtura de sensaciones, ese ajiaco, ese dolor, esa nostalgia, la añoranza y el miedo te afectan de tal manera que ya el regreso a la tierra se anuncia para antes, te piden que vuelvas. Cuba te llama, te aclama, te irrita el alma de pensarla, de extrañarla. Cuba te exige, te anima a luchar…a defenderla.

Y aunque intentes echar raíces en nuevas tierras no podrás despegarte de tu isla. Ella te atará y nunca te irás del todo.

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