Crónica de una escuela al campo

Foto: lezumbalaberenjena
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Aún recuerdo los días de expectación antes de irme a la primera escuela al campo en Cuba. Recién estrenada en la educación secundaria, este evento común para los jóvenes isleños de varias generaciones, era algo así como el bautizo de fuego de la adolescencia. Dejaría de ser niña y me las valdría por mí misma todo un mes.

El evento comenzaba mucho antes de la partida, entre la búsqueda de dos maletas de madera, candados, ropa de trabajo, y lo más importante: la comida para que la niña no pasara necesidad, algo que a veces no era fácil. Luego llegaba el momento del camión y las despedidas, las lágrimas de unos y las sonrisas de otros.

Ya en el campamento la primera preocupación estaba en encontrar una litera en el sitio adecuado y apertrecharla lo más parecido a la comodidad de tu casa. Instalar cordeles, pies de amigo para las maletas, tender la cama y demás preparativos. El primer día era toda una aventura.

En la noche venía la etapa de socialización y enamoramiento, la temporada de ilusiones para las chicas y concreciones para los chicos. Peleas amorosas, romances de campo, río, música, independencia…

Aparecían las más graciosas y despiadadas travesuras entre pintar garabatos en caras ajenas con pasta dental, amarrar algún miembro del cuerpo a la pata de la cama, mojar el cabello con refresco o esconder objetos personales.

El campo en mi caso era lo que menos me gustaba, mientras algunas eran una imitación fidedigna de la “Gaviota”, aquella recogedora de café en la novela colombiana “Café con Aroma de mujer”, a mí me costaba Dios y ayuda cumplir con la norma del día. Tocaba fingir enfermedades a veces para librarme de esa tarea.

Y los miércoles los odiaba, nunca podía recibir la visita de mis padres porque ellos trabajaban, me conformaba con carticas cariñosas y el sin fin de chucherías que me enviaban para tenerme contenta.

Los domingos sí, aquellos encuentros familiares con almuerzo incluido me encantaban, aunque luego dejaban el rastro de nostalgia intensa característico del adolescente lejos de la casa.

Ay… qué tiempos aquellos en los cuales todo cobraba sentido con el solo hecho de unir a muchas amistades en un ambiente común durante 30 o 45 días. Ahora que estoy lejos quisiera un evento así para juntarnos todos y volver a hacer chistes, cantar canciones y compartir hasta lo más mínimo. Sí, porque pese a los detractores de las escuelas al campo, hay que aceptar que mucho te enseñaban en materia de carácter y bastante se divertía una.

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11 Comments
  1. ❤️❤️?

  2. Cubanos Gurú via Facebook says

    Yaquelin Häggblom, gracias, te gustó el artículo????

  3. Son recuerdos lindos q nunca volveran Y cuando se vive fuera en otro pais 18 anos mas extranas 🙂 🙂

  4. Cubanos Gurú via Facebook says

    Así mismo es Yaquelin Häggblom, tienes toda la razón, saludos

  5. Ahmed Camejo via Facebook says

    Gracias Cubano Gurú por compartir esa recordación .

  6. Cubanos Gurú via Facebook says

    Ahmed Camejo, que bueno que le gustó, comparta el recuerdo con sus amigos.

  7. Dalia Arronte via Facebook says

    QUÉ TIEMPOS AQUELLOS. ..YA ESTOY UN POCO GRANDE PERO ESOS RECUERDOS SON IMBORRABLES, 45 DIAS FUERA DE CASA…ESPERABA ANSIOSA LOS MIÉRCOLES Y DOMINGOS PARA ESTAR CON MIS PAPÁS Y COMER LA COMIDA DE MIMA(COMO ESA NINGUNA)……

  8. Cubanos Gurú via Facebook says

    Si Dalia Arronte, eso nos pasó a muchos, saludos

  9. Sayuri says

    Est a buenisimo. Que nostagia. Solo una pequeña remarca y no con la intencion de criticar. Café con aroma de mujer, la telenovela s Gaviota y Sebastian, era Colombiana.
    Estábamos adaptadas a las telenovelas Cariocas pero esta era colombiens.

  10. Ahmed Camejo via Facebook says

    Gurú me ciento agradecido por las imágenes de nuestra niñez jjjjjjj saludos y sigan con hercitos.

  11. magnifica experiencia, creo que fue una de las que marco diferencia con la generacion que no la vivio…..

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